domingo, 18 de enero de 2015

Fiesta Dominguera oasis de resistencia



Como una pieza de Samuel Beckett, como una respuesta que no surge. Cómo el derrame de petróleo en las costas de la V región, intenso, fuerte, desproporcionado y omitido.
Así es nuestra realidad hace bastante tiempo. Me imagino que no solo nuestra realidad, sino la de muchas buenas agrupaciones que se reúnen en el frio, calor o lo que sea, a crear y mejorar su trabajo musical. No lloro solo describo.
Hablo en nombre de mi banda Disfonía. Pero también reflexiono en torno a lo que se viene para colectivos creativos, artísticos y musicales, en chile y en el mundo.
Cada vez es más difícil traer gente. Es más difícil traer gente dispuesta con sus sentidos activos. La gente está cansada. La gente tiene lo que quiere en el bolsillo. O supuestamente quiere, o quiere querer.
La comunidad comienza a decaer, aunque siempre existe resistencia, en la amistad, “la buena onda, ser movido por el afecto. Juntarse a ver y escuchar es un ejercicio en extinción, al menos que se pueda aludir a la empatía, el afecto, la inclusión y el bajo costo. El costo de la presencia y la atención.
Reunirnos en un patio a compartir y ver rotar diversos grupos, solistas y personas. Socializar en la vieja escuela, un patio de reunión dónde se dan turno bandas, y donde la familia, niños, padres, amantes, disfrutan un rato, la tarde acalorada de una capital en descanso.
La fiesta Dominguera, es la única puerta que puede abrirse. Creemos. Es el espacio para compartir lo que nos mueve a bajo costo y con alguna certeza de que los que nos vean y escuchen, estén ahí en sintonía. Podría decir un asistente: “Quiero disfrutar de aquello que no se sabe que existe, pero existe y busca un espacio o camino para mostrarse”. Hoy son 8 bandas, pero podrían ser 100.
Disfonía pone sus instalaciones, y la gente que viene, sus sentidos y unas Lucas para construir de forma articulada una comunidad de gente sensible y amistosa.
Una acción mancomunada en un mercado que ha perdido la cordura que no tiene ni ha tenido, pero que los teóricos abalan… los grupos económicos, los políticos, las grandes marcas, las grandes cadenas de producción de materia para consumidores fuera de sí.
Reproducirse para perpetuarse, reproducirse para perpetuarse, repetir para generar un tejido legible y seguro que asegure la ganancia en una experiencia humana predecible, que nos haga reflexionar en forma individual, para que no se complejice el fenómeno de la comunicación, el intercambio y la opinión. Para que no surja la mirada empoderada frente a la oferta reiterativa.
Estamos fuera de ese mercado y que bueno.
La fiesta dominguera es el espacio de coexistencia, de intercambio, de goce y descanso. Es la puerta del aeropuerto para que los grupos despeguen en una pista hecha a voluntad y empuje. Una pista valiosa en la dirección opuesta a dónde la mirada es dirigida por la publicidad siempre engañosa.
Juntemos afecto y seremos vistos y escuchados, escucharemos y nos dejaremos seducir por la experiencia humana en toda su dimensión.